La tendencia del ser humano es huir de lo amenazante y buscar lo placentero. Sin embargo, las pérdidas insisten en empañar la felicidad que tanto ansiamos. Atravesar el proceso de duelo lleva tiempo, pero su sana culminación ayuda a seguir adelante luego del dolor.

Abatido ante la posibilidad de que el aprendiz de Jedi, Anakin Skywalker, pisara los terrenos del lado oscuro, el experimentado Obi Wan Kenobi acude al maestro Yoda (en el episodio III de la trilogía de la “Guerra de las Galaxias, la Guerra de los Clones”) quien con la serenidad que caracteriza a los sabios le dice: “Entrénate a ti mismo para dejar ir todo aquello que temes perder”.

Es cierto que desde que tenemos uso de razón, sabemos que nada es eterno, que la muerte es tan natural como el nacimiento, que todo lo que tenemos o ganamos, podemos perderlo y, sin embargo, vivimos de espaldas a esa realidad. Nos empeñamos en darle un porcentaje de cero probabilidad a los eventos que podrían arrebatarnos aquello que consideramos nuestro y, ante pensamientos que se refieren a lo que sería nuestra vida sin la carrera que tanto trabajo nos costó, sin esa persona que tanto amamos, sin la salud que tanto cuidamos, inmediatamente aplicamos un silenciador mental que intenta ahuyentar mágicamente esas “malas energías”.

Pero por más que tratemos de evitarlo, las pérdidas ocurren y son dolorosas, y más que un entrenamiento, como recomienda el famoso personaje creado por George Lucas, conviene saber qué ocurre con nuestra psique luego de que esas cosas o personas, a las que nos sentimos más apegados, se han ido y cómo seguiremos viviendo sin ellas. El psicólogo clínico Pedro Bastidas, especialista en el manejo de pérdidas, explica que el duelo es el proceso emocional que se desencadena por una sensación subjetiva de pérdida. Es una vivencia muy personal porque depende de la relación que haya tenido la persona con lo perdido. Por eso, en una misma familia podrían observarse reacciones diferentes ante la muerte de uno de sus miembros, hay personas que se sienten desconsoladas por la pérdida de una mascota y otras que, quizá, se sobreponen más rápidamente a un fracaso laboral, aunque hayan invertido gran cantidad de tiempo y esfuerzo en esa actividad.

Debido a que, la mayoría de las veces, no estamos preparados para afrontar una pérdida, nuestro sistema emocional pasa por una serie de fases, que al tiempo que nos protegen de caer al vacío, nos van allanando el terreno para conseguir la manera de continuar la vida a pesar del dolor ocasionado por la pérdida. Bastidas enfatiza en que, tal como lo han estudiado los teóricos, las fases del proceso de duelo no aparecen mecánicamente, ni se dan una detrás de otras necesariamente. Más bien, pueden entremezclarse, la persona puede volver a otra fase que parecía ya superada y, aunque no es lo deseable, podría quedarse estancada en una de ellas, para lo cual necesitaría ayuda profesional.

Tampoco existen reglas para determinar el tiempo que una persona pasará en cada una de estas fases, sin embargo, los allegados podrían notar que algo no anda bien, si la persona permanece en la misma intensidad emocional que al principio del proceso luego de pasar algunos meses o años. Hay que tener en cuenta, según Bastidas, que cada persona tiene su ritmo y resulta poco empático presionar a la persona a que supere rápidamente su pérdida. La manera de sobreponerse, dice el psicólogo, es transitando, de principio a fin, el camino del duelo.

LA NEGACIÓN: UN PROTECTOR NATURAL

En el momento que ocurre la pérdida es usual que la primera reacción sea negar la realidad. Para Bastidas, este mecanismo de defensa, que consiste en acudir a argumentaciones para encubrir un evento amenazante, disminuye un impacto emocional para el cual la psique aún no está preparada. La negación puede considerarse como una anestesia emocional, que tiene como función darle tiempo a la persona para que organice la información que está recibiendo. Aunque la mayoría de las veces se supera rápidamente, algunas personas pueden comenzar a vivir como si la pérdida no hubiera ocurrido, con el riesgo de que situaciones posteriores reactiven la realidad con consecuencias emocionales impredecibles.

DISFRAZAR LA REALIDAD, A VECES, ES LO ADECUADO

En algunos casos de enfermedades terminales, puede ocurrir que el paciente disminuya el poder devastador de su enfermedad y atribuya sus dolencias a algo más sencillo. En aras de proporcionarle una mejor calidad de vida, Bastidas recomienda no sacarlo de la negación, porque su integridad emocional podría venirse abajo.

LA RABIA: EN BUSCA DE UNA EXPLICACIÓN

Una vez superado el estupor de la negación, la persona se enfrenta por primera vez con la pérdida y pueden surgir pensamientos relacionados con lo justo o no de este acontecimiento. Por un lado, la persona puede juzgar que ella no se merece lo sucedido, lo cual, ocasiona mucha rabia, que puede rápidamente transformarse en ira y frustración, llevando a la persona a mostrarse hostil y desconsiderada. Por otro lado, también el juicio puede ir en dirección contraria, es decir, pensar que lo ocurrido es un castigo por malos comportamientos llevados a cabo en el pasado. En este caso, la persona tiende a sentir culpa y miedo. En cualquiera de los dos juicios, quedarse estancado en la rabia y dedicarse a buscar culpables o victimizarse aleja a la persona de conectarse con el dolor, que, al fin y al cabo, es el inevitable paso que hay que dar para sanar las heridas.

Depresión: cara a cara con la realidad

Bastidas hace referencia a la siguiente anécdota para explicar la importancia de la depresión en el proceso de duelo: “Durante una misa de difuntos, la hija comienza a asomar el llanto. La madre se apura a decirle: no llores, que arruinarás tu maquillaje. A lo que la hija responde: si no lloro, no tienes idea de lo que se me va a arruinar por dentro”. La depresión, por tanto, es el estado emocional que se espera de una persona que ha sufrido una pérdida. El llanto, la falta de vitalidad, la pérdida de interés y la negación al disfrute son las características principales de este estadio. Las personas que acompañan a quien transita por la tristeza de perder algo sumamente valioso para ella, deben respetar estos sentimientos, saber escuchar y estar dispuestos a brindar afecto físico, pero también deben estar atentos a que la persona no se haga daño a sí misma, al tiempo y la intensidad de la depresión, para acudir a un profesional en el caso que se requiera.

EL DUELO SE VIVE DIFERENTE SEGÚN LA EDAD:

NIÑOS: ¿QUÉ PASÓ?

Nuestra cultura no está orientada a familiarizar a los niños con el concepto de la muerte, por eso, cuando ésta ocurre el estado emocional que priva en ellos es la confusión. Los adultos que están a su cargo, deben tomarse el tiempo de explicarles qué fue lo que ocurrió con un lenguaje adecuado a su edad y responder las preguntas que tengan al respecto. Es importante, respetar sus sentimientos e incluirlos en los rituales asociados a la muerte.

ADULTOS: TENGO QUE SER FUERTE

No solo ante la muerte de un ser querido, también cuando se desvanece un proyecto de vida, los adultos occidentales son obligados a mantener la compostura, que no es otra cosa que reprimir las emociones. Todas las pérdidas desencadenan emociones, algunas veces más ligeras, otra veces más intensas, y la clave para superar el dolor es dejarlo salir.

ANCIANOS: ES LO QUE ME ESPERA

Cuando un adulto mayor se enfrenta a la muerte de su pareja o de sus hermanos, suele tomárselo como una advertencia de su propio destino. No vale la pena intentar disipar sus miedos, ellos estarán allí, aunque él no diga nada. Es más útil hablar con él y plantearle metas a corto plazo para que se anime a vivir con más alegría e intensidad.

NEGOCIACIÓN: ACEPTAR CON CONDICIONES

Esta etapa se suele observar con mayor frecuencia en aquellos procesos de duelo en los que existe una anticipación a la pérdida, y consiste en apelar a las fuerzas sobrenaturales en las cuales crea la persona para pactar condiciones para la aceptación de la partida. Bastidas comenta que algunas personas hacen promesas con tal de que su ser querido se recupere, también piden por alargar la pérdida hasta cumplir ciertos objetivos, como la graduación de los hijos, por ejemplo.

ACEPTACIÓN: A PESAR DE… LA VIDA CONTINUA

Tal vez, sea el paso más difícil de dar, porque implica que la persona vuelva a sonreír, a disfrutar pequeños placeres de la vida, plantearse nuevas metas, en fin, seguir adelante. Para Bastidas, la aceptación no quiere decir “estar de acuerdo con…”, quiere decir, más bien, que la persona integró la experiencia de pérdida a su historia de vida, sanó sus heridas, puede referir el evento con una carga emocional adecuada y decide continuar su vida, ahora sin esa persona, ese trabajo o ese objeto que perdió.

Isabel Dubuc Zabala
Fuente: www.psisoluciones.com.ve.

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